Palacio de Cristal del Retiro de noche

Autor de la imagen: @expressionpicture

 

Paseo de noche de verano por el Retiro

Solía hacerlo con frecuencia cuando estaba escribiendo sobre la historia de alguna zona de Madrid. Después de documentarme y redactar las primeras líneas, iba a pasear al lugar en cuestión para… ¿inspirarme? Hacía un rastreo de pistas que me hablasen de aquel pasado: alguna fuente, un edificio, rótulos de fechas… huellas que todavía no se hubiesen borrado de épocas pasadas en un paseo a la búsqueda de la ciudad perdida. Aunque solo se resumiese en recomponer las piezas de un ensueño imaginario para mi disfrute personal, procurando eso sí, la precisión en los detalles de algunas escenas, de los desfiles de historia que tuvo Madrid y que me reclamaban como cantos de sirena desde la otra orilla del tiempo.

 

Así ocurrió aquel verano, tan cálido que parecía que una nebulosa incandescente sobrevolaba la ciudad desierta, abandonada por quienes se procuraban un mejor destino y suerte y yo, que tenía la de estar allí, a la caída de la tarde solía acudir con amigos a jardines o a parques buscando el frescor de césped y a pillar alguna que otra corriente de aire que recorría a esas horas vespertinas las pequeñas colinas y valles del centro escapando del asfalto; pues durante las horas más tempranas se hacía imposible salir a la calle por el fuego que, sin ningún reparo, caía violentamente desde el cielo recalentando todo como caldero a la lumbre y repartiendo sofocos de sudor de gota gorda a diestro y siniestro.

 

Aquel día fue diferente, no conté con nadie para mi paseo privado de tarde. Por la mañana había estado escribiendo sobre el Parque del Retiro y todo lo allí acontecido que no fue poca cosa. Pasa siempre, al igual que a una persona cuando la conoces verdaderamente a fondo, re descubres un lugar en concreto y lo empiezas a mirar de otra forma, sintiendo la fascinación del impulso de su pasado.

 

Con aquellos bríos decidí encaminarme hacia el otro lado de la ciudad, buscando el frescor a la sombra de árboles centenarios y percibir en su energía un vínculo con otras realidades, como únicos testigos vivos del pasado del parque madrileño. La luz recaía en las calles del centro igual que ríos de lava, de una incandescencia que poco a poco iba apagando su temperatura en vista de la proximidad de la noche, aquellos rayos de sol recorrían las solitarias vías con un brillante y suave tono dorado, que iba sosegando el ardor veraniego.

 

El Retiro lo encontré con el ánimo de quien quiere reconvertir un vestido de invierno, después de algunos apaños, en look veraniego; aquellos que habían tenido la suerte de vivir un agosto en Madrid, terminaron por adoptar al parque urbano como marco de esparcimientos estivales. No faltaban estampas que pudieran verse perfectamente igual en cualquier destino vacacional que se preciase: desde la clásica actividad náutica, eso sí, nombrada en singular, pues sólo se remite a paseos en barca… también terrazas cerca del estanque, que si uno se esfuerza seriamente y su ilusión es muy fuerte, hasta puede encontrar símiles con la paz de un mirador de la Playa de la Concha. Lo que sí es intacto a su esencia de igual manera, aunque en formas distintas, es el alma de aquellos paseos… el Disfrute y el Ocio desde hace quinientos años en aquel mismo espacio del Parque del Retiro.

 

Coincidiendo con los últimos rayos de la tarde, antes de que desaparezcan entre los árboles, camino por el marco de naumaquias y batallas pirotécnicas navales del Estanque en el S.XVII, también escenario teatral de excepción, donde se declamaron textos de Calderón en noches de verano del Siglo de Oro. Representaciones de tramoya fantástica entre sus árboles en tardes de ópera o los sonidos de las campanillas al viento en el Jardín Ochavado, que parece que con alguna corriente de aire hasta aún podríamos escuchar… Felipe IV proyectó un gran complejo palaciego, con grandes plazas instaladas en aquellos terrenos fecundos de abundante agua y boscaje a las afueras de la ciudad barroca. Para “alivio y recreación” según las palabras del monarca, que recogieron en tinta documentos de la época. Esta sería la filosofía común, siglo tras siglo en el Retiro.

 

Los jardines dieciochescos eran muy ilustrados, pues fue entonces cuando se creó: el Real Observatorio Astrológico, con su elevada planta en colina de estilo de villa romana renacentista, muy admirada por artistas románticos en los siguientes años, la Real Fábrica de Porcelana, “La China”, el Jardín Botánico o el Gabinete de Historia Natural, edificio reconvertido hoy en el Museo del Prado. Cabe imaginarse entonces la sofisticación de aquellos paseos por los jardines del Retiro entre elegantes disertaciones del saber. Podrían ser charlas sobre las nuevas estrellas descubiertas en el firmamento desde el Real Observatorio, que orientarían en el océano a los barcos españoles en sus rutas comerciales, o sobre los nuevos diseños traídos de ultramar en aquellos buques, exóticos motivos orientales para decorar la refinada loza de La China. Conversaciones sobre las diferentes especies de rosas y sus injertos, sus esencias destinadas a crear diversas fragancias contenidas en delicados botes de perfume, apreciado elixir de belleza y juventud que resbalaría por algún cuello empolvado.

 

Pero lo que me gusta especialmente imaginar desbordándose la fascinación como río en crecida después de tormenta, es en los jardines decimonónicos, y todos los cambios que sufrió el Parque en aquella mi querida centuria a la que me hubiese gustado haber pertenecido. ¿O a lo mejor lo hice…? me gusta creer que fui tan feliz en otra vida pasada que mi atracción hacia aquella época en concreto no sería sino, un deseo de haber querido continuar viviéndola unos años más. Quería con todas mis fuerzas repetir la experiencia aunque fuese solamente por un momento… si pudiese alcanzar por un instante, solo rozar con la punta de los dedos… Enfrascada en aquellos ilusos pensamientos. Continué la ruta que le estaba dedicando al Retiro aquella tarde-noche de agosto.

 

Me encaminé a su parte noroeste, zona denominada como El Reservado hacia la primera mitad del S.XIX, para buscar lo que queda de una serie de caprichos, arquitecturas que Fernando VII mandó diseminar en aquella posesión real de jardines, colocados entre el boscaje, que sin lugar a dudas cubriría mucho más ampliamente la zona con recónditos rincones. Pasear por esos espacios tuvo que ser una experiencia sorpresiva, fantasiosa y sugestiva, maravillosa pretensión de la moda romántica de la época.

 

La noche llegó de forma súbita, solapando las aves que con sus trinos de última hora se guarecían en las oscuras ramas de los árboles de tiempo atrás, abandonando el espacio de cielo que se había cubierto de negro manto celeste. Aunque rodeada de una vasta masa urbana más allá del Retiro de gran contaminación lumínica naranja panal, se podía apreciar perfectamente el cielo en este oscurecido y solitario punto. Antes de que se encendiesen las farolas de alrededor, observé en su plenitud la luna llena y las primeras estrellas que hacían su acto de presencia con brillo inalterable, tranquilo y puro. Su fulgor se mecía tintineando suavemente, como entonces, en el único estanque de los que hubo en este valle de la Montaña Artificial, capricho dentro del conjunto de follys: locuras o extravagancias, que tanto gusta al espíritu romántico.

 

La montaña fue apodada por los madrileños de entonces, por su forma vista desde lejos, con el nombre de “El Tintero”, pues está claro que aquella asociación estaba basada en un objeto muy cotidiano para la sociedad del XIX. Hoy pues… no sabría decir qué guiño (y no hablo de emoticonos) se podría hacer con el parecido de su forma, quizá pudo ser el “ratón” de los primeros años del S.XXI, pues ahora está claro que somos todos muy táctiles… Simplemente pasa desapercibida en vistas de la apariencia tan abandonada que presta a día de hoy. Por eso muchas veces es mejor huir con la imaginación a la belleza de otras realidades…

 

En noches de verano esta folly tendría que ofrecer unas vistas increíbles, dadas por aquella elevación premeditada construida a base de rocalla, con cascadas, árboles, y arbustos. También tenía un cenador en lo alto desde donde se observaba, dentro de lo que daba de sí la oscuridad en las noches decimonónicas, parte del parque hasta sus confines más salvajes de bosque. Se podía divisar la ciudad en lejanía, me imagino que aquella vista sería algo parecida al cielo de esta noche y de sus estrellas: dentro de una inconmensurable oscuridad, pequeños y diseminados puntos de luz dada por el fuego que iluminaba tenuemente las farolas madrileñas.

 

Otros caprichos fui encontrando en mi recorrido: Las ruinas románicas del S.XI de una iglesia abulense con claro espíritu de pintura de Friedrich, La Casa de Vacas, La Casita del Contrabandista que… ¡pardiez, la gente que hay allí ahora mismo! pasó de tener unos autómatas de inspiración andaluza: junto al engranaje de una noria, las figuras de un cura y un contrabandista, a ser una sala de fiestas muy popular en los años 70 y 80 del S.XX, el Florida Park. Ahora, hasta ese mítico lugar de sala de fiestas se volvió a reconvertir una vez más en anodino restaurante, bar y terraza con bastante tirón veraniego por lo que estoy pudiendo observar.

 

Mis pasos, como si estuvieran avanzando en el tiempo, se direccionan ahora hacia el Campo Grande, jardines creados en época de Isabel II, con anterioridad campo de boscaje para la caza. Zona de árboles de hoja caduca como era tendencia en la época plantar. Me imagino que se escoge esta especie con el gusto de conseguir que un espíritu decadente pudiese disfrutar de ver caer las hojas en otoño. Llegando a este punto, lo que sí puedo observar es un cielo magnífico cerrado en negrura, y apreciar un leve frescor de humedad mientras me acerco a la parte del estanque donde hay un grupo de adolescentes instalados en un césped próximo, con voces bastante gritonas, ultra pendientes de todo el tráfico de actividad que está ocurriendo en su móvil. Algún que otro ciclista agota sus últimas energías del día atravesando el parque por esta zona, también he visto parejas saliendo de los rincones más oscuros, nadie más. La muchedumbre se quedó en torno a la cerveza del Retiro Park.

 

Me sitúo en el banco que está enfrente del Palacio de Cristal para contemplar esta magnífica joya modernista en toda su plenitud, con su reflejo de espejo proyectado en la oscuridad del agua dado por la iluminación cálida de su interior; parece que emerge espectral del lago, como aparición de ensueño en mágicas noches de verano. En el otro extremo del estanque, se encuentra el Palacio en soledad como metáfora de la otra orilla del tiempo, recordándonos con su bella presencia la existencia de aquellos años… historias perdidas, pues todos los matices que le dieron vida, con la evidencia del momento aunque parezca obvia, desaparecieron.

 

El Palacio de Cristal fue un magnífico invernadero, un contenedor extraordinario para la flora dentro del marco de la exposición de las Islas Filipinas que hubo en el Retiro en 1887. Cuatro años antes se había celebrado la Exposición Nacional de Minería, para ello se habían creado dos pabellones: el Palacio de Velázquez con decoraciones neomudéjares en ladrillo y azulejos, que luce en la actualidad muy cerca del de Cristal y una preciosa arquitectura paisajista desaparecida, a modo de mirador, llamada Pabellón Árabe, que se encontraba en lo alto de una loma, aproximadamente en el espacio donde me encuentro sentada ahora mismo.

 

Qué desfiles elegantes debieron tener estos entornos de público madrileño que aparecía engalanado en mañanas dominicales, acudiendo al reclamo curioso de etnias, flora o países que por aquellos entonces para la sociedad, estaban aún sin descubrir; cámaras de las maravillas con pequeñas muestras de lejanos países a los que era muy difícil viajar. Con lo cual, estas exposiciones se acogían con mucha expectación, imaginación y fantasía, pues se veía una parte y no quedaba más remedio que tener que imaginar el resto.

 

Desfiles alfonsinos que también se hacían en una avenida cercana: El Paseo de Coches, que era como la calle mayor o la gran vía del Retiro. Escaparate de paseos de tiros largos, grandes galas y posicionamientos de estatus que seguramente daban para hacer lecturas sociológicas extraídas del aspecto de coches de caballos, bigotes, trajes, vestidos, bolsos, lazos, sombreros, guantes y ademanes…

 

Recuerdo ahora con esto, las descripciones de Pío Baroja en su novela Las noches del Buen Retiro, todo un muestrario magistralmente formulado de la representación de la sociedad madrileña que asistía a unos jardines con tono festivo, que existieron en un extremo del parque hacia los últimos años del S.XIX. Se encontraban en el mismo espacio dónde está el Palacio de Cibeles, hasta allí llegaba el Retiro, con una extensión de parque mayor que la de ahora. Jardines situados en una pequeña colina, especialmente acondicionados para el recreo de madrileños, entusiastas que acudían allí fundamentalmente en verano, para disfrutar de actividades muy atractivas en jornadas de mañana y de noche: música en directo que amenizaría las jornadas con sus consiguientes bailes en una pista habituada para ello. Se escucharían chotis, música de organillo, las piezas goyescas de Granados… Elegantes cafés en kioscos sofocarían el calor y embriagarían tertulias a partes iguales. En un teatro desmontable llamado Felipe, se hicieron representaciones de lo más variopintas, pero fueron las zarzuelas las que encandilaron al público madrileño que gustaba de sus costumbres más castizas.

 

Aquellas veladas alegrarían el tiempo de ocio del Madrid decimonónico en noches como esta. Con la imaginación puesta en cómo tuvieron que ser las noches madrileñas de los Jardines del Buen Retiro, me levanto de mi asiento con la intención de abandonar el parque y caminar hasta la plaza de Cibeles, buscaré la parada de metro de Banco de España, que después de un transbordo me llevará a casa. Para ello cruzo hacia “la otra orilla” del estanque y después de recorrer la fachada del Palacio de Cristal, continuo el camino buscando salir del Retiro.

 

Supongo que el parque ha quedado tan solitario porque la gente corre hacia otro tipo de diversiones que no puede ofrecer el modesto Retiro nocturno del S.XXI, al margen de los cócteles del Park y de las marchas sigilosas de algún que otro corredor trasnochado que siempre está dispuesto en asustar. Me he cruzado a tan poca gente que esto llama mi atención, mientras camino por sendas oscurecidas y cubiertas de vegetación abundante: árboles muy altos y arbustos de jardín envuelven el camino con algo del aspecto de un túnel.

 

Estoy desorientada, no consigo reconocer este camino, ni llegar al paseo que conduce a la entrada que está enfrente de la Puerta de Alcalá… parece que no conociera el lugar. ¿Me habré perdido? No encuentro a nadie para poder preguntar.

 

Continúo por más sendas no vistas en mis paseos anteriores, en una prolongación del parque imposible. Me sentía como si fuese la mismísima Alicia de Carrol, cuando no sabía cuando dejaría de descender por aquella madriguera a la que no veía fin… pues yo no sabía cuando iba a dejar de caminar por esos nuevos trazados que aquella noche el parque me estaba mostrando en exclusiva, revelándome la existencia de estos paseos solitarios de abundante vegetación. Hacia los extremos de la senda, jardines muy tupidos de árboles y arbustos se desplegaban con el mismo secreto y enigma que la profundidad de un bosque sumido en negrura. Algunas sendas laberínticas tenían comunicación en zonas más amplias, donde encontré bancos de hierro y fuentes de una piedra muy blanca, que relucía fantasmagórica reflejando el pálido brillo de luna… Farolas de una luz de corto alcance también vi en mi recorrido, su farol cuadrangular estaba concurrido por multitud de mariposas y mosquitos de lago, que con su vuelo hipnótico se entretejían sin parar en un breve haz luminoso. Ese modelo de farola sí lo había visto antes en la ciudad, me acerqué para confirmar con estupor mis sospechas: era luz de gas.

 

Las sensaciones cambiaron, una brisa fresca recorre ahora los oscurecidos paseos tenuemente iluminados por la luna llena y la luz de las farolas. Un suave perfume me envolvía en aquel mágico ensueño… provenía de pequeñas flores de color rosa, blanco y amarillo, llamadas Galán de noche, pues es a partir de la caída de la tarde cuando se abren para desprender su maravilloso aroma, que me transporta siempre a las noches del Cine Parque, cine de verano de mi infancia.

 

Los sonidos cambiaron también, escucho búhos, grillos, el ladrido de perros lejanos… tenía la sensación de un contacto más directo con la naturaleza, más allá de lo que podía procurar un parque urbano. Otros sonidos llegaron a mí como ecos a medida que iba continuando el camino… de pronto, se escucha una música lejana que coincide con el sonido de las hojas movidas por el viento a mí alrededor… mientras iba avanzando en el recorrido, podía precisar mejor de que se trataba: era una alegre y bonita pieza a flauta y guitarra, se percibe junto a un jolgorio lejano de carcajadas, voces y risas.

 

Continué mi paseo siguiendo la dulce estela de la música propagada entre árboles hasta vislumbrar, a través de la frondosidad de los jardines, unas luces cálidas que junto con la melodía ejercían en mí un efecto tan hipnótico y atractivo, como el hechizo de las mariposas atraídas sin más remedio al farol de gas. Desde la lejanía intuía algunos movimientos poco definidos, que no podía precisar, me parecía ver el suave balanceo de parejas bailando, formas desdibujadas de un grupo de personas en torno a unas mesas, o las figuras de niños corretear de un lado a otro. Como si estuviese observando a través de las pequeñas ranuras de un biombo o las rendijas de una persiana, la fronda de vergel me dejaba entrever en ocasiones, a medida que me iba acercando, algún rostro o los colores de vestidos de corte antiguo que conozco muy bien, pero que expuestos a la luz de las lámparas en esa noche, lucían muy vivos… de estreno. Sombras chinescas se proyectaban en el suelo de tierra a la entrada de la alegre reunión que tenía a tan solo unos metros frente a mí; pero la luz cegadora de aquellas lámparas, a medida que me acercaba, sólo me permitía ver figuras a contraluz en siluetas negras. Avanzaba con la certidumbre de que de un momento a otro iba a poder ver con claridad la concurrida fiesta en los jardines modernistas del Buen Retiro, que con toda seguridad podía decir que era donde realmente me encontraba.

 

De pronto, un gran estruendo llamó mi atención y al girar la cabeza, mi mirada topó en su recorrido con una de las farolas del parque. Me quedé mirando hacia aquellas mariposas blancas que quedaron atrapadas en su resplandor y que buscaban una y otra vez un punto de partida inicial que les pudiese orientar hacia una dirección diferente, hacia otro destino… Su vaivén magnético hizo que me quedase totalmente hipnotizada en la cegadora luz… Momentos después comencé a sentir un calor tremendo, cuando conseguí apartar la vista del farol que me mantuvo a mí también unos instantes atrapada, contemplé con decepción el diseño moderno de una farola led instalada a la entrada del Palacio de Cibeles, que era el lugar donde estuvieron los jardines de donde vengo… Ahora vuelvo a reencontrarme con el Madrid del S.XXI que conozco tan bien, pero que esa noche de agosto era capaz de ver de un modo diferente, gracias al paseo tan especial en aquel retiro privado que tuve.

 

Fátima Candelas. (Paradas con Historia)

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