La Fuentecilla.

Esta bella imagen de febrero, quizá sea una de las que más cariño pueda tener del viejo Madrid. Es el surtidor de agua de la Fuentecilla en la calle Toledo, en el inicio de la calle Arganzuela. Desconozco fecha, pero podría ser perfectamente últimos años del siglo XIX.

Viví, no hace mucho en el barrio, en una de aquellas casas decimonónicas de balcones de forja, que pudo habitar alguno de estos vecinos, conozco aquellos portales, sus peldaños, ventanas, los techos altos, sus grandes muros aislantes tanto del frío como del calor… He cruzado mil veces la calle Toledo y he observado este entorno de la Fuentecilla, imaginándome cómo debían de ser estas estampas del día a día, buscado con la mirada a estos vecinos del tiempo atrás afanándose en el caño potable proveniente de los Viajes de Agua. Agua purísima de los deshielos del Guadarrama.

¡Aquí los tengo! Puedo imaginar del Instante congelado de esta instantánea, que era medio día. ¿Quizá un día soleado de febrero como el de hoy? Puede que una jarra llena de ese agua, sirviese para poner a hervir las judías que Josefa va a hacer hoy en la comida. Ahí está plantada hablando con Carmen, de no sé qué asunto de los viajes que hace su hijo en un caballo de buena raza. Paco no le pierde el ojo a la pequeña Elvira, su hermana, que lleva un gorrito de paja comprado hace unos días por su mamá Carmen, que es la señora joven que está llenando su jarro en el surtidor, y que piensa en todas las labores que le quedan aún por resolver en el Mercado de la Cebada y al llegar a casa.

El olor dulce y cercano de de la tahora, se mezcla con los primeros aires primaverales de hierba fresca de la dehesa, que suben por esta vía de Arganzuela, calle que mantiene su adoquinado original… Recuerdo como resonaban mis pasos fuertemente. De esa forma han vuelto a despertarse, de algún modo, los ecos de aquél pasado.

 

La Fuentecilla

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