Carro cruza el puente de Segovia a principios del siglo XX

 

La Postal del Mes: Abril

Antón viene de la ciudad hacia los Carabancheles, de dejar su cargamento de fruta y verdura en el Mercado de la Cebada. Se harán potajes de berzas y mojes de patatas con su género proveniente de su huerto, regado por los arroyos cercanos al Manzanares y expuestos a un sol abrileño que hace renacer cualquier planta y situación.

Antón vuelve a casa con sus mulas arropadas con mantas, pues hoy se da el inicio de un abril frío. Pasan por el Puente de Segovia como cada día, a la misma hora que marca el reloj de la pequeña ermita de la Virgen del Puerto. Los niños corretean por las inmediaciones; son los hijos de las lavanderas que no tienen nada que hacer, curiosean, juegan y cruzan a la carrera una y otra vez el puente. Sus madres, reclinadas a las orillas del río hacen la colada diaria gracias a  las aguas puras del río, limpiando camisas de banqueros, sábanas de mullidas camas de casas palaciegas o clareaban los manteles de las mesas de postín de un Madrid distinguido de principio de los años veinte.

El olor limpio del jabón, hecho allí mismo, de la ropa expuesta al sol, se mezcla con el humo de las fábricas cercanas de textiles, de carbón o de gas… que llega en el aire, tímidamente de las altas chimeneas de las proximidades, velando tenuemente sus contornos.

El perfil madrileño desde este margen es sencillo, aún inocente, mantiene el encanto y el misterio de una ciudad que va adentrándose poco a poco en el ritmo sin freno del siglo veinte, para no parar jamás. Pero aún es tiempo de soñar en sus riveras y apreciar un cauce salvaje y cristalino, de sentir una autenticidad perdida, la que no vivimos. Recreémonos ahora en el recuerdo.

 

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