Inicio de la Gran Vía, con la vista del edificio Grassy en primer término

Viendo esta imagen, no se podría precisar la época en la que está disparada, lo mismo podría ser un atardecer de los años treinta o de los setenta, bajo la última iluminación de un precioso cielo eterno. Las ciudades casi que son las mismas; las calles, los monumentos… Permanecen muchos de aquellos antiguos edificios que miran en silencio nuestro paso revestido de modas y generaciones que trascurren sin cesar,  y que dejan impreso algo de nuestro rastro con el paso de las épocas, como esa estela de luz de la fotografía que se precipita con rapidez al inicio de la Gran Vía.

Recuerdo como un sueño lejano, cuando vine por primera vez a Madrid, en el mismo año de la toma de esta fotografía de 1980. Visitamos al tío de mi padre, que vivía en el paseo de Delicias. Trasladó allí su residencia desde mi pueblo, al trabajar en su empresa de transportes que traía vino de Valdepeñas y surtía a las tabernas más castizas de la ciudad, las de más arraigo, por donde el tiempo se detuvo en suspenso.

El coche del tío Antonio nos acogió al llegar a la ciudad,  recorrimos en él las principales arterias: la calle de Alcalá, la Gran Vía y ahí, es entonces, cuando me dejé fascinar y hechizar por el encanto de la ciudad. Recuerdo, al igual que en esta imagen de los años ochenta, esas luces que parpadeaban constantemente en mi cara alucinada desde la ventanilla. Y ¿Quién sabe?  si una de esas estelas de luz que quedó impresa para siempre en esta fotografía, no fue la del coche en el cual recorrí por primera vez la ciudad de Madrid.

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