Recetas con Historia

Tener las misma impresiones que las del pasado, en diversas épocas: admirar el mar con su rompiente de olas que vienen y van, las nubes cómo se agrupan en suaves formas o se tornan negras rugiendo en tormenta; el olor de la hierba, las flores, las sensaciones que guardamos y nos llevamos de todo lo eterno, lo que nunca cambia y sobrevive a las generaciones.

Nos preguntamos cómo serían algunos detalles del pasado, los que ya no tenemos en común y cambiaron. ¿Cómo vivían nuestros antecesores?… ¿Cómo se divertían?, sus aficiones… la forma que tenían para dormir, ¿qué comían?

Los cambios de paradigmas, nos ocultaron algunas herencias de sus costumbres que no llegaron a entretejerse con las nuestras, en cóctel propicio para nuestra era, se quedaron intactas, alejadas de nuestros dominios y archivadas en documentos en tinta. Aunque algunos pequeños datos sí  los podemos conocer sacándole punta a la historia y examinando y corroborando fielmente sus registros.

Hay un tema que me apasiona y que tiene que ver muy mucho con los sentidos: no sólo ver el paisaje de antaño, disfrutar el mismo olor de la naturaleza, escuchar el rompiente de olas, la misma textura en la arena… También sería fantástico tener el mismo gusto en el paladar, con alguna que otra receta extraída de viejos archivos, para saciar nuestra curiosidad y el apetito de igual forma que el de las mujeres y hombres del renacimiento, la época barroca, la ilustración o en el romanticismo.

Vamos a ello, abrimos pues, un nuevo  apartado en el blog: “Recetas con Historia”. Hoy trataremos la comida en el Renacimiento, también aportaremos una receta completa para poder experimentar aquellos  históricos sabores.

 

 

Un poco de historia: La cocina en el Renacimiento.

 

“Hay más belleza en un solo brote de col, y más dignidad en una pequeña zanahoria, que en una docena de cuencos dorados llenos a rebosar de carne y huesos. Es la cualidad de la sencillez la que se ha de descubrir”

 

En España los desórdenes ocasionados por las continuas guerras, conflictos, desórdenes  en la segunda mitad del S.XV dan paso, con la unión entre Isabel I de Castilla con Fernando rey de Sicilia y príncipe heredero de Aragón, a un periodo  más pacífico, que pronto repercutiría en la economía del país; las instituciones empiezan a funcionar, la nobleza se relaja o la calidad de vida de los campesinos empieza a elevarse. Se consigue una conexión peninsular gracias a la unión de los dos reinos: Castilla y Aragón.  También se empiezan a rebajar el número de árabes en la península, casi diez años de asedios y guerras trae en consecuencia este hecho.

Todo esto deriva en una mayor conexión internacional, tanto de Portugal, como del resto de Europa, con las islas del Mediterráneo occidental, o las grandes aventuras en cuanto a descubrimientos geográficos se refiere de las conquistas americanas, todo ello garantizaría una riqueza mayor de productos, recetas, gustos o modas en las recetas renacentistas que traían una cocina fastuosa, opulenta, rica en detalles, diversificada y armónica.

La cocina renacentista es muy aperturista en el gusto por conocer diversas culturas, nuevos enfoques en el arte, la ciencia, filosofía o gastronomía… Se consideraba el “buen comer” un deleite como el arte, bajo la influencia de la Italia y su fulgurante cultura.

Hoy vamos a escribir sobre un plato que era tan popular que llegó a venderse en puestos callejeros, a modo de la comida rápida de nuestro tiempo, era el “Manjar blanco”. Ahora sólo queda poco menos que de curiosidad en arqueología culinaria, pero dispuesta a ser reproducida en cualquier momento por quien guste hacerlo. De hecho vamos a dejar aquí la receta para quien quiera reproducir y deleitarse con esos sabores de otro tiempo.

Se pueden distinguir dos tipos de “Manjares blancos” el hecho con carne (aunque también tiene un toque dulce) y el de dulce. Los dos platos evolucionan al mismo tiempo. El primero tiene origen medieval, pero se perpetúa en el tiempo  hasta mediados del S.XVI y el segundo como postre con posterioridad.

 

 

Manjar blanco. Ingredientes:

Una buena pechuga de pollo.

100g. de harina de arroz

1L. de leche (de cabra)

100g. de azúcar. Una pizca de sal y agua de rosas.

Elaboración:

Cocinar la pechuga de pollo durante diez minutos hasta que esté cocida. Cuando esté fría, deshacer con las manos, debe quedar como “hebras de azafrán”. Rociarla con el agua de rosas. Ponerla en una olla con leche, la harina de arroz y el azúcar. Cocer durante una hora todo junto, revolviendo sin parar para que no se pegue. Si se quedase muy seco añadir leche. Debe quedar una crema espesa y muy melosa. Poner en escudillas y cubrir con azúcar. “ De esta manera se hace el manjar blanco perfecto y bueno”.

Receta de Ruperto Nola en 1477.

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